Discurso íntegro del alcalde, Óscar Puente, en el acto de inauguración de la avenida de Miguel Ángel Blanco

Miguel Ángel Blanco nació un 13 de mayo de 1968, el mismo año en que nací yo, seis meses después. El año que viene cumpliría cincuenta años, sin embargo su vida fue cruel y miserablemente arrebatada con tan solo 29.

En septiembre del pasado año, el Ayuntamiento de Valladolid aprobó por unanimidad del Pleno, a propuesta del Grupo Municipal Popular defendida por el concejal Borja García Carbajal, otorgar el nombre de una de las calles de Valladolid a Miguel Ángel Blanco Garrido, así como una calle a todas las víctimas del Terrorismo.

En julio del presente año, coincidiendo con el veinte aniversario del asesinato del concejal del Partido Popular, firmé el decreto que daba cumplimiento a esa moción decidiendo que la Avenida que había llevado el nombre de José Luis Arrese, pasase a denominarse Avenida de Miguel Ángel Blanco. Contra el citado Decreto no se formularon alegaciones ni recursos.

Quiero en primer lugar subrayar la unanimidad con la que la propuesta fue aprobada. En un Ayuntamiento en el que hay cinco grupos políticos y un concejal no adscrito, una situación de pluralismo político sin precedentes en la historia democrática de la Corporación, todos los integrantes del Pleno se mostraron favorables a la concesión de este reconocimiento.

Lejos de las polémicas, a mi juicio incomprensibles, en algunos puntos del territorio español, la ciudad de Valladolid hacía con esta decisión, a través de sus legítimos representantes, honor a lo que siempre ha caracterizado a su ciudadanía: la cordura, el sentido común, la decencia y el profundo respeto por los valores esenciales de cualquier sociedad sana y democrática. La libertad, la paz y la concordia.

Cuando digo que es un orgullo ser alcalde de Valladolid créanme que no es una frase hecha, ni una exaltación lógica de la propia tierra a la que uno pertenece. Es el sentimiento lógico, racional de quien representa en primera instancia a una ciudadanía, una ciudad y una Corporación Municipal, simple y llanamente ejemplar.

Con su decisión unánime, los 29 concejales de Valladolid entendían perfectamente compatible recordar a todas las víctimas, sin distinción alguna, con realizar al mismo tiempo una mención especial a una de ellas, una víctima que se convirtió, por razones que no debería ser necesario explicar, en un referente esencial en la lucha por la libertad, la paz y el fin del terrorismo en el País Vasco.

Digo que no debería ser necesario explicar esas razones aunque por desgracia y a tenor de algunos comportamientos esas explicaciones hayan tenido que ser recordadas.

El asesinato de Miguel Ángel Blanco se produjo poco después de la liberación de José Antonio Ortega Lara, un simple funcionario de prisiones, tras 536 días de secuestro.

La banda terrorista ETA, rabiosa por el éxito policial que supuso esa liberación, quiso responder al Estado y actuó de inmediato llevando las cosas a extremos de crueldad aún mayores a los conocidos hasta la fecha.

La juventud de la víctima, tan solo 29 años, la angustia que vivió no solo su familia, sino toda España aquellos terribles días de julio de 1997, la absurda e inhumana insensibilidad mostrada por sus asesinos, impasibles ante las muestras de repulsa y las peticiones de clemencia que se produjeron esos días, la falta total de empatía y mínima humanidad para acabar con su vida, produjeron una movilización social sin precedentes, hasta el punto de que puede perfectamente hablarse de un antes y un después en la lucha antiterrorista.

Se acuñó entonces la expresión “El Espíritu de Ermua” que pretendía definir un sentimiento colectivo de unidad en la repulsa a la violencia de ETA a la vez que el hartazgo de una sociedad dolorida que decía basta. En realidad el Espíritu de Ermua era el espíritu de Miguel Ángel.

La sociedad elige sus símbolos, y eligió entonces a un concejal que no necesitaba la política para vivir, un joven formado, con empleo y que decidió entregar una parte de su vida a servir a los demás. Su ejemplo no es un ejemplo cualquiera.

Con 27 años, se afilió al Partido Popular y trató de contribuir a que hiciese listas en un territorio donde no era fácil, pues ir entonces en las listas del Partido Popular o del Partido Socialista significaba jugarse la vida.

Todos los que asumieron entonces ese compromiso con la defensa de sus ideas y con la democracia, eran conscientes de que exponían mucho, porque lo exponían todo. Es posible que Miguel Ángel y todos los concejales asesinados en aquellos años que no debemos olvidar, creyesen que a ellos no les tocaría sufrir un atentado en primera persona. Pero todos ellos se representaron necesariamente esa posibilidad, y por tanto asumieron con su decisión que entre su contribución a nuestra libertad cabía la entrega de su propia vida.

El mismo año en el que asesinaron a Miguel Ángel Blanco, ETA mató a otras once personas.

MAGISTRADO DEL TRIBUNAL SUPREMO

EMPRESARIO

3 POLICIAS NACIONALES

PSICÓLOGO DE LA CÁRCEL DE MARTUTENE

GUARDIA CIVIL

CONCEJAL DEL PARTIDO POPULAR

ERTZAINA

PELUQUERO Y UN VENDEDOR DE BICICLETAS

 

Lamentablemente no fueron los últimos. Tuvieron que pasar aún trece años y morir 57 personas más para que el terrorismo de ETA llegase a su fin. El último concejal asesinado fue precisamente un compañero de mi propio partido, Isaías Carrasco.

Con este acto de hoy queremos rendirles homenaje a todos ellos y a las 857 víctimas mortales de ETA a lo largo de su vergonzante historia. A sus familias, a las que se ocasionó un sufrimiento irreparable y que, ni con este acto ni con mil como este, podríamos remediar.

Es este un acto dedicado a ellos, pero también es un acto por y para nosotros, representantes y ciudadanía que tiene una obligación moral, ética con todos aquellos que perdieron su vida para que disfrutemos de nuestra libertad.

Hoy, por fortuna, quienes ejercemos la política no tenemos que mirar cada día debajo del coche, no tenemos que vivir acompañados de escolta las 24 horas, no tenemos que volver nuestra mirada con miedo. A ellos en buena parte se lo debemos, aunque la deuda sea imposible de saldar.

Preparar este discurso no ha sido fácil. Recordar de nuevo aquellos años duros tampoco. Son años que no debemos olvidar, que debemos tener presentes para que nunca se repitan.

Quiero agradecer su presencia hoy aquí a la presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, María del Mar Blanco, hermana de Miguel Ángel.

Quiero expresarle todo el cariño y el respeto de la ciudad de Valladolid. Y quiero expresarle también el honor que supone para esta ciudad que a su callejero se haya incorporado el nombre de un luchador por la libertad como fue su hermano.

Esta calle es sin duda una calle mejor desde hoy.

Muchas gracias a todos y todas.

 

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